Una historia verdadera - Críticas

Que David Lynch realice una película como Una historia verdadera podría indicar que se le han agotado sus siniestras ideas o que quiere demostrar que también puede ser un director políticamente correcto integrado en el engranaje del sistema. Una historia tan sencilla como la de un hombre que conduce su segadora hasta la casa de un hermano con el que no se habla desde hace años, y que acaba de padecer un derrame, no se aproxima ni de cerca al entramado argumental de las películas que conforman la filmografía anterior del director. Lo más sorprendente es que Lynch consigue imponer su estilo, aunque de forma contenida, y crear una de sus películas más personales.

Tanto en el comienzo, como al final, su particular estilo se pone de manifiesto de forma tangible. De un negro cielo infinito la cámara se desplaza hasta el espacio limitado de una ventana pintada de azul en cuyo interior tan sólo hay oscuridad. En el trayecto, la América profunda, rústica y vulgar asoma a la pantalla desde el jardín en el que toma el sol una mujer. Después, Lynch se sumerge en una road-movie de espacios abiertos en los que la cámara se distancia de los personajes y trata de captar el conjunto del entorno en el que se sumerge.

La sencillez con la que está narrada la historia contrasta con el manierismo que caracterizan sus trabajos anteriores. Pero ahí está un personaje límite como el interpretado por Sissy Spacek, la carretera por la que circula el protagonista o situaciones inconexas como la del ciervo atropellado, el simulacro de incendio de los bomberos y los gemelos que le arreglan la segadora con las que Lynch imprime su sello personal a una trama que en manos de otro director se hubiera convertido en una sucesión de acontecimientos melodramáticos. Lynch vuelve a encontrar el mejor caldo de cultivo para dar rienda suelta a su particular universo creativo en el seno de la familia americana. De esta forma, a lo largo de la película se suceden una tras otras historia familiares. Desde la que afecta directamente al protagonista hasta la de aquellos que le acogen hacia el final del trayecto o la de la joven que encuentra en la carretera y la forma de presentarla bascula entre la admiración y una refinada ironía.

El conjunto se beneficia aún más por la labor interpretativa de su protagonista, Richard Farnsworth, sobre el que recae el peso principal de la película. Asimismo, la música de Badalamenti es otro indicador del cine de Lynch barnizando el espacio sonoro con su peculiares composiciones.

N.A., para www.zinema.com

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